Recuerdos de la ciudad fantasma

Recuerdo las primeras navidades en Prípriat, cuando la abuela Zhenya vino y trajo juguetes para celebrar fin de año. Fuimos todos a la plaza central. Había un concierto, todo el mundo se conocía, bebimos y nos deseamos lo mejor para el año nuevo: 1986.

 Marina

 Constantine tenía 26 años cuando se trasladó a Prípriat, en 1984. Había sido seleccionado entre los mejores científicos de su país. Ante sí se abría la puerta de un futuro prometedor, en el que tendría la oportunidad de trabajar con especialistas de las mejores universidades de la Unión Soviética. Constantine conoció a Marina en 1983. Se casaron cuatro meses más tarde.

La ciudad de Prípriat, situada en el norte de Ucrania, fue creada en 1970. Como tantas otras ciudades planificadas, nació con un propósito determinado. A diferencia de otros planes urbanísticos diseñados por el régimen, Prípriat se concibió como un proyecto estrella. Reconocidos arquitectos participaron en su conceptualización y proyectaron que “la ciudad del futuro”, como se la apodó durante su efímero apogeo, llegaría a tener 80.000 habitantes. Su objetivo era crear un entorno que pudiese recompensar las aspiraciones de un alto grado de especialización científica.

La vida de la pareja se fue adaptando a la ciudad tal y como esta había sido pensada. Eran conscientes de su situación privilegiada y no tardaron en acostumbrarse a una comunidad postiza, pero que ofrecía todo lo que necesitaban.

Marina recuerda que el 26 de abril de 1986 fue un día especialmente caluroso. Acababan de tener un bebé y, después de darle de comer, dejó que durmiera en la terraza del apartamento. No había nada que hiciese distinguir ese día de cualquier otro. El retraso de Constantine no preocupó a Marina y tampoco hubo ninguna noticia o llamada de sus vecinos, ningún aviso o anuncio que alertase de lo que había ocurrido en la ciudad esa madrugada.

Constantine había intentado ponerse en contacto con Marina en varias ocasiones pero las comunicaciones telefónicas habían sido cortadas. No llegó de su turno a las 8 de la mañana, como era lo habitual, sino que se quedó trabajando hasta mediodía, en su puesto del bloque 2 de la planta nuclear de Chernóbil. Al llegar a casa le explicó a Marina lo que había sucedido y, según ésta, “se enfadó mucho cuando vio al bebé en la terraza”.

A diferencia de las familias del partido, que fueron evacuadas una hora después de la explosión, Constantine y su familia, como la gran mayoría de trabajadores, tuvieron que esperar 36 horas más en Prípriat. En las palabras de Marina, “así era lo podrido que estaba el régimen soviético”. Incluso después del accidente la consigna establecida era que no había pasado nada grave y pronto podrían volver a sus casas.

Como se supo más tarde los dirigentes de la Unión Soviética decidieron no informar sobre lo que realmente había ocurrido hasta que la presión internacional forzó a reconocer la magnitud de la tragedia. Esto no ocurrió hasta el 14 de mayo, cuando Mijaíl Gorbachov hizo las primeras declaraciones públicas después del desastre.

Durante los meses siguientes la pareja se estableció en otra ciudad, pero Constantine volvió a la planta nuclear durante 18 meses después de la catástrofe. Durante esos meses tuvo el dudoso privilegio de ser nombrado inspector del Estado para examinar los daños que había sufrido la planta. Inmediatamente después del accidente se creó un sarcófago para aislar el interior del exterior. En los años noventa, como fundador del Centro de Chernóbil para la Seguridad Nuclear, visitó dicho sarcófago en numerosas ocasiones, con científicos de Japón, Estados Unidos y Alemania, con el objetivo de que una catástrofe así no volviese a ocurrir.

Constantine murió en 2006, a la edad de 47 años, a causa de un cáncer desarrollado por su reiterada exposición a la radiación.

Prípriat es desde hace treinta años una ciudad fantasma y los riesgos derivados de la explosión continúan siendo motivo de debate.

Años más tarde conocí a Alina en Berlín. Ella acababa de terminar sus estudios de periodismo y políticas y tanteaba el mundo de la fotografía. Me gustaba la forma que tenía de reflejar el magnetismo dejado e incoherente de la ciudad donde mejor se malvive de Europa. Su día a día, como el de tantos otros inmigrantes, consistía en subsistir, la mayor parte del tiempo agobiada por esa encrucijada insufrible en la que el pasado, el presente y el futuro solo contribuyen con impedimentos.

Con el tiempo, en las ocasiones que nos vimos, desarrollamos una amistad en la que Alina hablaba sobre todo de incertidumbres, de preguntarse qué hacer y cómo, de las prisas por demostrar un talento que parecía llevar la misma fecha de caducidad que su visado. A veces, dejaba caer alguna pequeña historia, de su vida en Berlín o de algún viaje con amigos. Otras, se afanaba por resolver dudas sobre los vacíos que heredamos por decisiones tomadas por otros. Hablaba poco de su familia y cuando lo hacía daba la sensación de estar interpretando los movimientos de gente con la que tenía un vínculo impreciso. Pensé que apenas les había conocido y que, con el tiempo, había aprendido a entenderles o incluso idealizarles de una forma distante.

Muchas veces intenté ponerme en su piel. Me hacía pensar sobre la falta de tiempo que solemos tener para prestar atención o, al menos, escuchar la vida que dejan atrás estas personas y, lo que es aún más triste, cómo muchos toleran mal su presencia, como si nos fueran a contagiar su mala suerte o, lo que es peor, nos involucren en un pasado furtivo y, por tanto, sospechoso.

Más tarde un golpe de suerte llevó a Alina a estudiar a Nueva York y, de vuelta en Berlín, surgieron proyectos. Durante ese tiempo dejamos de tener contacto pero me alegré de que las cosas empezaran a salir bien, aun con pequeños trabajos y escasos ingresos.

La semana pasada fui a ver una de las exposiciones que más me han conmovido desde hace mucho tiempo. Alina presentaba su primer libro como fotógrafa en una pequeña galería de Berlín. Durante 2011 volvió a Pripriat para rescatar los recuerdos de la ciudad fantasma, en la que vivió brevemente. Una ciudad que, en sus palabras, “nunca conocí ni conoceré”.

Prypryat Mon Amour es un proyecto sobre “la perdida, la redención y el despertar de recuerdos olvidados hace mucho tiempo”. Está dedicado a la memoria de su padre, Constantine.

¿Por qué es tan importante participar en las europeas?

El jueves de la semana pasada yo vi dos debates: uno nacional y otro europeo. El nacional estuvo marcado, en mi opinión, por un planteamiento agotado, tanto en contenido como en forma y enfoque, y terminó resultándome claustrofóbico. El otro, con los cinco candidatos oficiales para presidir la Comisión Europea, me produjo el efecto contrario, y despertó la esperanza de que, por fin, podemos estar al principio de un gran cambio. Me pareció que, indirectamente, el debate europeo era una llamada de atención a “los de aquí” y, directamente, un soplo de aire fresco para los que queremos y exigimos más democracia en Europa.

Pero decía podemos porque, aunque lo espero, no estoy seguro de que estemos a la altura de ese cambio. Pese al momento que vivimos, que clama al cielo por un récord histórico de participación, es posible que el próximo domingo vaya poca gente a votar. Habrá que ver cuáles son las excusas esta vez. La justificación de que Europa está muy lejos, con la que ha caído estos años, se ha quedado obsoleta, y la cantidad de opciones políticas y de posibilidades de información, debate y participación que hemos tenido a nuestro alcance ha sido casi abrumadora. Reconozcámoslo, los ejercicios de escapismo de barra, culpando a políticos, administraciones, banqueros, mercados, Merkel, la UE, la globalización, etc. son saludables en su momento, como terapia de grupo, pero patéticos si nos limitamos a eso. Y ahí es donde, en mi opinión, está la gran prueba.

¿Por qué son tan importantes las europeas?

Yo les pediría que, por un momento, se olviden de la campaña. Que descansen de todo el ruido que acompaña a los excesos de argumentos enlatados, frases hechas y sobredosis de colorete. Y también, que ignoren el insoportable mesianismo de los que hablan de la UE como si fuese el único fin posible; el voto de los inteligentes. Que hagan una pequeña reflexión sobre los próximos años.

Tal y como yo lo veo, el futuro inmediato de nuestro país está condicionado por cuestiones íntimamente vinculadas a decisiones en el ámbito europeo. Entre ellas destaco tres: demostrar que cumplimos para seguir recibiendo financiación, crear millones de nuevas y mejores oportunidades de trabajo y frenar las dinámicas que nos han convertido en una sociedad más pobre (la pobreza no es sólo una dimensión económica), más desigual y más desilusionada.

La gestión europea de dichos asuntos deberá reconciliarse con unas diferencias entre los estados miembros que han aumentado a causa de la crisis. Esas diferencias tendrán, sin duda, implicaciones en la (desigual) necesidad, deseo e interés de dichos estados a la hora de orientar los próximos pasos de la UE. La famosa convergencia; palabreja sin la cual ningún proceso de integración regional tiene mucho sentido, no atraviesa su mejor momento, y las declaraciones de intenciones en forma de grandes uniones (más unión económica, unión fiscal y, especialmente, unión política) bailan en el horizonte a ritmos desacompasados. En pocas palabras, una agenda llena de retos, donde esa frase tan petulante y manoseada: “en Europa nos jugamos mucho”, debe dar paso a una actitud cualitativamente diferente, en la que sepamos estar a la altura de los detalles, no sólo de las vaguedades.

En ese contexto, tanto la coyuntura actual como los cambios institucionales que han tenido lugar en la UE hacen que estas elecciones no sean “como las de siempre”, sino que los ciudadanos puedan empezar a robarle un poquito de protagonismo a lo que antes era monopolio de los gobiernos. Las cosas sí pueden empezar a cambiar, especialmente si el interés y apoyo público hace que este proceso de construcción de una democracia europea se vuelva irreversible.

Teniendo en cuenta lo anterior, ¿qué lectura y qué efecto tendría una baja participación?. ¿Podría una baja participación legitimar indirectamente que sean gradualmente las elecciones de los países más fuertes (por ejemplo, las últimas elecciones alemanas) las que vayan monopolizando el ritmo y rumbo del futuro de la UE?

Los últimos años han proporcionado una experiencia práctica brutal. Yo entiendo a los que se sienten estafados, a los indignados y a los incrédulos. Pero me preocupa que esos sentimientos determinen la dirección de los próximos años. Estar rodeado de gente que piensa que somos una sociedad abocada a aceptar o conformarse, dependiente de un futuro que se prevé peor, y nos limitemos a vivir bajo ese escenario sombrío, falto de alternativas y lleno de personas que, por estar en contra de todo, se han olvidado de saber si están a favor de algo.

Todos exigimos una mayor responsabilidad, implicación y compromiso a los que aspiran a representarnos. ¿Pero cómo hacerlo si no empezamos por nosotros mismos?

(Ucrania III) En horas perdidas

La indignación necesitaba una salida. Alrededor de las 8:00 de la tarde he publicado en Facebook: “Vamos chicos, vamos a ser serios. Si realmente queréis hacer algo, no se puede solo pulsar “like”. Si estáis listos, podemos tratar de empezar algo”. En una hora había más de 600 comentarios. A continuación publiqué lo siguiente: “Nos vemos a las 22:30 cerca del monumento a la independencia, en el medio del Maidan.” Cuando llegué habría unas 50 personas reunidas. Pronto la multitud había aumentado a más de 1.000.

 Mustafá Nayem

Es muy probable que la historia consolide a este periodista y activista ucraniano como el cabecilla que supo encender la mecha que desencadenó el Euromaidán y, con él, un golpe de estado que propició la caída del gobierno de Yanukovich y el inicio de un proceso que, en este momento, sólo ofrece interrogantes.

Durante aquellos días la colección de declaraciones y desencuentros políticos acumulados iba perdiendo importancia a medida que se asentaba en nuestra imaginación la leyenda de un pueblo que, a través de un ejercicio espontáneo, se lanzaba a la calle víctima de tanta indignación y luchaba por hacer su propia historia; aquella que debía combatir un sistema profundamente corrupto y reconciliar a los ciudadanos con el logro de sus legítimas aspiraciones, apresurando la batalla por la libertad y el cambio que el país tanto merece desde hace años.

Preciosa historia.

Nayem y la ingeniería de la protesta

Muchos consideran que Nayem es un hombre valiente y merece crédito por su actuación. Yo, sin embargo, creo que su exceso de celo le ha podido convertir en un tonto con motivación, que ha cometido errores de cálculo básicos (empezando por dejarse manipular por manipuladores), y éstos terminen teniendo una repercusión difícilmente justificable para la mayoría de ucranianos, como ya estamos empezando a ver.

La “maquinaria de intervención no militar” ha sido siempre extraordinariamente generosa con Ucrania. Cientos de ONGs, fundaciones, medios de comunicación y personas han sido receptores de la solidaridad internacional, subvencionada por los “padrinos” de cada parte, a través de una mezcla desigual de contribuciones interesadas y desinteresadas.

Una de esas contribuciones, que resulta fascinante, es el canal de televisión online: Hromadske. TV.

Hromadske.TV nació el verano pasado con un presupuesto pequeño (cerca de $50.000) ajustado a unas necesidades y objetivos muy concretos. Geoffrey Pyatt, el actual embajador de los EEUU en Ucrania, dio la luz verde a este proyecto apenas unos días después de asumir su nuevo cargo. La financiación de Hromadske.TV la proporcionan fundamentalmente tres donantes: la Embajada de EEUU, la Embajada de Holanda y la Internacional Renaissance Fund, asociada a los esfuerzos de Open Society y su dueño, el incansable especulador George Soros. Hromadske.TV comenzó a emitir el 22 de noviembre de 2013, esto es, el día siguiente a que el gobierno de Yanukovich decidiese no seguir con la firma del Acuerdo de Asociación con la UE.

A partir de entonces su papel como medio “independiente”, opuesto al control y la censura del gobierno, no deja de ganar importancia. Por una parte Hromadske.TV se convierte en un instrumento crucial a la hora de retransmitir el Euromaidán al mundo entero (sus usuarios no pararon de aumentar a medida que las protestas avanzaban). Por otro, y como resultado de lo anterior, favorece tanto la presión internacional como influir en el éxito de unas protestas que, de otra forma, difícilmente hubiesen terminado en un golpe de estado. Es interesante cómo tantas veces la aparente espontaneidad de tantos movimientos sociales coincide con una ingeniería bastante sofisticada. ¿Adivinan quién es el co-fundador de Hromadske.TV? Efectivamente, Mustafá Nayem.

Los contratistas de la libertad

Hace apenas tres años una colega y yo elaboramos un extenso estudio/mapeo para la oficina regional del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) de Europa y Asia Central. Consistía en identificar organizaciones activas en el área de la promoción de la democracia en Europa del Este así como su desarrollo y evolución en la región. Estudiamos más de 300 y concluimos observando el llamativo número de organizaciones subvencionadas con el objetivo de promover agendas cuestionables, es decir, aquellas que promueven tomar un cierto rumbo (integración en la UE, en la OTAN, etc) como medio o incluso condición para lograr fines como la mejora de la democracia, la modernización de la administración pública, la lucha contra la corrupción o la promoción de la sociedad civil.

No me malinterpreten. La mayoría de ONGs y fundaciones que conozco y con las que he trabajado son parte del tejido más sano de nuestra sociedad y promueven cambios enormemente positivos en muchos países del mundo porque, de hecho, muchos países del mundo reclaman esa ayuda. Sin embargo, no son inmunes a ciertos agentes infecciosos y, en particular, a un trastorno familiar y recurrente: promueve la democracia, pero sólo si la puedes controlar.

El caso de Ucrania es un caso de libro. Durante la Revolución Naranja (2004) el Profesor Michael McFaul (posteriormente embajador de EEUU en Moscú entre 2011 y febrero de este año) hizo unas declaraciones muy controvertidas cuando le preguntaron si EEUU había intervenido en los asuntos internos de Ucrania. Su contestación fue: “Sí. Los agentes estadounidenses preferirían un lenguaje diferente para describir sus actividades – la asistencia democrática, la promoción de la democracia, el apoyo a la sociedad civil, etc – pero su trabajo, independientemente de cómo se quiera etiquetar, busca influir en los cambios políticos de Ucrania”.

Declaraciones como esta siempre me llaman la atención, no tanto por la franqueza de McFaul (a la que no estamos acostumbrados) sino por la doble moral que fomentan. Por una parte mucha gente se lleva las manos a la cabeza, en un ejercicio de puritanismo absurdo, que suele terminar castigando al que se sale del guión. Por otra, por la gran rentabilidad que produce reaprovechar esa falsa moral para alimentar una increíble maquinaria de difusión y propaganda, promovida por organizaciones, medios y personalidades con una agenda clara y una enorme capacidad de influencia en la opinión pública.

De vuelta a la realidad

La producción de espejismos es una actividad que no siempre sale bien. Entonces es preciso volver a la realidad cuanto antes, para evitar males mayores. Con el pragmatismo de un cirujano conviene considerar los escenarios posibles y actuar sobre ellos para salvar lo que sea posible. ¿Qué factores influyen en ese puzzle con piezas que no casan, y que se llama Ucrania? Destaco los, a mi juicio, más preocupantes:

  1. La corrupción: La lucha contra la corrupción, como motor y justificación de las protestas, ha sido un anzuelo extraordinariamente efectivo. La cuestión es, ¿alguien de verdad piensa que derrocar a Yanukovich supone ganar esa batalla?. La corrupción en Ucrania, como en tantos otros sitios, es la forma en la que el estado funciona. No depende de un presidente u otro y mucho menos de promesas o condiciones de fuera. La oligarquía de los multimillonarios que apresaron las antiguas empresas estatales y viven enquistados en las decisiones de poder es la primera que requiere cambiar y también la primera que no va a hacerlo. Aunque haya vidas en juego.
  2. El vecino: Por mucho que nos disguste o desaprobemos la actuación de Rusia, este incómodo vecino no se va a ir a ninguna parte. Culpar a Putin de todo lo que ocurre no sólo es un ejercicio deliberado de hipocresía sino, fundamentalmente, una pérdida de tiempo, que no ayuda a nada. Las cosas sólo irán a peor si no se implica a Rusia de una forma convincente durante las próximas semanas, de cara a las elecciones y el referéndum de unidad territorial.
  3. Las reformas: Victoria Nuland, sub-secretaria de EEUU para Europa y conocida por sus célebres y refinadas aportaciones como “Fuck the EU” y “Yats is the guy” (en referencia a Yatsenyuk, el colocado-actual Primer Ministro) aseguró lo que todo el mundo sabe: “nadie está dispuesto a dar apoyo económico a una Ucrania sin reformas”. Esas reformas tendrán unas consecuencias muy previsibles. Dos de ellas son el aumento considerable del paro como resultado de los recortes del sector público y un incremento claro del coste de vida como consecuencia de la pérdida de la subvención rusa de la energía y los subsidios internos a los combustibles.
  4. La ayuda: La situación de Ucrania es la de un país en bancarrota y en pleno proceso de desestabilización política. La contrapartida de las reformas exigidas es la ayuda exterior; una ayuda que debe ser creíble y proporcional a esa especie de “ruleta rusa” (y nunca mejor dicho) a la que se ha sometido al país. Mi impresión es que, incluso con reformas, el apoyo económico de Occidente no va a estar a la altura de lo que el país necesita y tampoco de lo que esperaban muchos de aquellos que se jugaron la vida en los días del Euromaidán.
  5. Los avalistas: Lo más descorazonador de todo es que los ucranianos se encuentren de nuevo con uno de sus fantasmas más conocidos: el poder de los impunes. ¿Quién va a pagar el destrozo? Yo no tengo ninguna duda: los que aspiraban a ser clase media por sus propios esfuerzos, los que apoyaron las protestas, deseosos de un cambio y algo de justicia y, especialmente, los más pobres.

¿Tormenta perfecta? Sí, y para empeorar las cosas, esos cinco puntos ya empiezan a sonar como los problemas de ayer.

El Este de Ucrania empieza a desmembrarse. La seguridad se ha convertido en la prioridad de todos y, como era de esperar, la posición de algunos empieza a cambiar. Occidente también se fragmenta y alguna de sus partes, como Alemania, pieza clave del engranaje europeo, dedica menos pensamientos a Ucrania y más a lo que verdaderamente le importa: cómo gestionar la relación del país y sus empresas con Putin. Éste, imposible de domesticar y sin miedo al enfrentamiento, sabe bien como dividir Europa.

El primer round ha acabado y desde aquí es muy posible que el país sólo vaya a peor. El punto crucial vendrá por una decisión que marcará el fracaso absoluto de este experimento: la aprobación del apoyo militar de occidente al gobierno de Ucrania para frenar la fragmentación del país.

Mirando atrás, sorprende con que fuerza han vuelto las políticas de hechos consumados, utilizando justificaciones al uso, culpando de desestabilización al contrario y amplificando las amenazas, la disuasión y el miedo. También sorprende los pocos pasos que se han dado por parar y evitar la violencia, por ofrecer un horizonte creíble al país, promoviendo alguna fórmula que no llevase al enfrentamiento inmediato.

Las horas perdidas no son horas muertas. Son la breve oportunidad que le quedan a las malas decisiones para corregir los daños. Como siempre, espero equivocarme, pero mucho me temo que Ucrania ya planea sobre horas perdidas.

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Mi tríptico sobre Ucrania, compuesto por Juegos de guerra, Volver al siglo XX y En horas perdidas, intenta describir, tal vez de una forma atípica, las artes que acompañan la desfiguración de un país. Muestra que, a diferencia del heroísmo que tantas veces se vende, no hay nada de lo que sentirse orgulloso, nada noble en ninguno de los argumentos apadrinados por un ejército de maquilladores de último minuto, ya sean rusos, americanos o alemanes. Se me antoja pensar que, en el fondo, es también una buena analogía de una sociedad que, a mi juicio, se ha vuelto perversa, sometida a una lógica inapelable que, escasa de escrúpulos y carácter, está gobernada por oportunistas e improvisadores que optan por no asomarse a la verdad, y protegerse en tesis de una cobardía horrorosa.

 

 

 

 

(Ucrania II) Vover al siglo XX

A medida que transcurren las semanas se va confirmando lo que la mayoría piensa: Ucrania deja de tener opciones. Su destino inmediato parece ser volver al siglo XX; a vivir en un estado de pasado inacabado y someterse así a los designios ideológicos de una guerra fría que, a diferencia de muchos de sus vecinos, nunca fue capaz de dejar atrás.

En ese viaje al pasado no puedo evitar comenzar recordando algunos de los personajes que frecuentaron los últimos tiempos de Stepán Bandera, el controvertido líder nacionalista que luchó por la independencia de Ucrania y cuyos parentescos ideológicos con una parte relevante del bochornoso nuevo gobierno del país son difícilmente cuestionables.

Uno de esos personajes es el general Reinhard Gehlen, que dirigió durante los últimos años de la II Guerra Mundial la Fremde Heere Ost, una organización de inteligencia militar alemana que analizaba la Unión Soviética y otros países del este de Europa.

Gehlen no sólo predijo la caída del nazismo y la llegada de la guerra fría sino que, como hombre precavido que era, también planeó rigurosamente el futuro de sus servicios y el de sus colaboradores. Así, no dudó en ordenar la microfilmación de los archivos de Fremde Heere Ost y su inmediato entierro en tambores herméticos en varios lugares de los Alpes austríacos. Tanto su destreza en el manejo de la información confidencial como su habilidad para el borrón y cuenta nueva le facilitaron – de cara al público – una de esas metamorfosis milagrosas. Su pasado como general nazi se fue difuminando a medida que una exitosa reinserción profesional y social le llevaban gradualmente hasta, ni más ni menos, la cabeza del aparato de inteligencia de la República Federal Alemana. Gehlen serviría como el primer presidente del Servicio federal de Inteligencia alemán hasta 1968.

Pero volviendo a las fases iniciales de la guerra fría, el conocimiento y la experiencia que tanto Gehlen como su círculo de colaboradores tenían sobre la Unión Soviética se convirtió rápidamente en un recurso altamente cotizado por distintas agencias de inteligencia. A pesar de que durante los primeros años del periodo de posguerra Gehlen estuvo más cerca de la gestión de “su nuevo negocio” (en 1946 se empezaría a conocer como Organización Gehlen, precursora del actual Servicio federal de Inteligencia – Bundesnachrichtendienst o BDN) nunca se alejó demasiado de los sucesos que acontecían al otro lado del telón de acero en general y del final de Stepán Bandera en particular.

Bandera vivía en Munich y pronto contó con un contacto privilegiado en la inteligencia alemana: Heinz Danko Herre, antiguo segundo de Gehlen en Fremde Heere Ost y su consejero más cercano. Pese a tener fama de ser hombre del frente no pareció hacerle ascos a sus nuevas tareas, más domésticas, por llamarlo de alguna forma, a cambio de su propia salvación. Herre también vivía en Munich y, aunque tanto el gobierno de Bavaria como la policía de la ciudad presionaban para acabar con la organización de Bandera, acusada de delitos que iban desde la falsificación de documentos al secuestro, Herre continuó con su doble labor: como sombra de Bandera y como un valioso intermediario con las agencias de inteligencia de los (nuevos) aliados.

Durante aquellas fechas, sin embargo, los archivos que documentan los intercambios entre la CIA y el MI6 británico demuestran una clara discrepancia en cuanto a cómo utilizar a Bandera. Mientras la CIA y el Departamento de Estado americano se oponían frontalmente a trabajar de forma directa con él, las operaciones británicas aumentaban y, de acuerdo con los informes disponibles, se desarrollaban satisfactoriamente. No tiene desperdicio la descripción que se hace de Bandera en uno de esos informes: “un trabajador subterráneo profesional con un fondo terrorista y nociones despiadadas sobre las reglas de juego …. Un bandido, si se quiere, con un patriotismo ardiente, que proporciona un trasfondo ético y una justificación para su bandidaje. Ni mejor ni peor que otros de su clase”. La inteligencia británica consideraba que la CIA subestimaba la importancia de Bandera. “El nombre de Bandera”, decía un informe de 1954, “todavía tiene un peso considerable en Ucrania y su grupo es la organización ucraniana más fuerte en el extranjero; competente para capacitar a los cuadros del partido, [y] construir una organización política y moralmente sana”.

Pese a los intentos del MI6 por vincular más estrechamente a la CIA, el momento clave para atraer el interés real de los americanos llegó a través de la información que suministraban Gehlen y Herre. La relación de estos últimos con Bandera era un secreto celosamente guardado y del que Bonn siempre quiso mantenerse al margen. Sin embargo, en septiembre de 1959, Herre informó a los americanos de la utilidad de los informes sobre la Ucrania soviética elaborados gracias a las operaciones de Bandera.

El trato resultante implicaba que Herre se ofrecía a mantener a la CIA plenamente informada de las actividades de Bandera a cambio de un favor. Bandera había estado tratando de obtener un visado de EEUU desde 1955. Necesitaba reunirse con los partidarios ucranianos en EEUU y con funcionarios del Departamento de Estado y la CIA. El visto bueno llegó prácticamente de inmediato y, con él, el desenlace que muchos esperaban.

El 15 de octubre de 1959, apenas 10 días después de que los miembros de la base de la CIA en Munich hiciesen la solicitud oficial del visado, un agente de la KGB llamado Bogdan Stashinskiy asesinaba a Stepán Bandera a la entrada de su casa en Munich utilizando un arma especial que pulverizaba polvo de cianuro en la cara de la víctima. Stashinskiy, que recibió la Orden de la Bandera Roja por ese trabajo, huyó de la KGB poco después, entregándose a la policía alemana y confesando lo que difícilmente podría extrañar a alguien: que la orden de asesinar a Bandera había venido directamente del jefe de la KGB, Aleksandr Shelepin, y del primer ministro soviético, Nikita Jrushchov.

Hoy sabemos bien que la muerte de Bandera no implicó el final de su ideario y mucho menos de la agenda de otras potencias ávidas por participar en el futuro de un país que, en realidad y pese a su aparente irrelevancia, siempre ha estado en los planes de todos.

En septiembre del año pasado y en un contexto bastante más glamuroso que en la historia de Bandera, la reunión anual de YES (Yalta European Strategy) logró congregar a la flor y nata de la elite occidental. La ocasión no pudo ser más oportuna ni el lugar más simbólico, al reunirse en el Palacio de Livadia en Yalta (Crimea-Ucrania), donde casi setenta años antes Joseph Stalin, Winston Churchill y Franklin Roosevelt se daban cita para reconsiderar el mapa de Europa.

Esta vez dicha conferencia era mucho más que un mero ejercicio de networking ya que tenía lugar apenas un mes antes de la fecha prevista para que Ucrania firmase su Tratado de Asociación con la UE. Mientras Viktor Pinchuk, un magnate ucraniano con apetito por el debate intelectual y el tejemaneje político cumplía con su labor de maestro de ceremonias, los reservados del palacio asistían a un ejercicio de diplomacia extraordinario, donde figuras como Bill y Hillary Clinton, Gerhard Schröder, Mario Monti, Larry Summers, David Petraeus, Tony Blair, Dominique Strauss-Kahn y un número considerable de altos funcionarios americanos y europeos ponían su granito de arena a las bondades de occidente.

Una vez más se demostró que a Occidente le sobra ímpetu y a Rusia arrogancia. Putin ni siquiera se molestó en enviar a su embajador. Su único representante fue Sergei Glaziev, un asesor económico del presidente ruso, al que se encargó la tarea más difícil y la más ninguneada por muchos medios occidentales. Consistía en prevenir a Ucrania contra un paso “suicida”. Rusia advertía que el coste social y político de la integración en la UE podría provocar movimientos separatistas en el este y el sur de Ucrania y esto, a su vez, llevaría a Rusia a una situación delicada, en la que podía incluso llegar a considerar nulo el tratado bilateral que delimita las fronteras entre los dos países.

Lo que ha venido después es lo que nos cuentan los telediarios

Comenzaba mi primer post sobre Ucrania diciendo que el mal ya está hecho y ahora lo que importa es saber como acotar su alcance. En mi próximo post, y último sobre el caso de Ucrania, me concentraré en los medios propagandísticos concretos que se han utilizado, los fines que se buscaban y, especialmente, sus consecuencias e implicaciones.

(Ucrania I) Juegos de guerra

Hemos dejado atrás las primeras sensaciones, de asombro y confusión, creadas por la insólita rapidez de los acontecimientos en Ucrania. Entramos en la siguiente fase, cuando el mal ya está hecho, y lo que importa es saber cómo acotar su alcance.

A diferencia de una gran mayoría de colegas, de todas las prácticas de las relaciones internacionales los juegos de guerra son de las que menos me han interesado. La razón es descomunalmente básica: el sano juicio no existe. La falta de información y la combinación de intereses particulares nos conducen gradualmente a lo que yo denomino escenarios incongruentes. Aquellos que nunca aplicarías a tu vida o a tu entorno, a no ser que seas un cínico, o un dogmático. Ejemplos de los primeros abundan. De los segundos siempre recuerdo uno muy especial, que sigo advirtiendo en personalidades u organizaciones influyentes con, lamentablemente, demasiada asiduidad.

En los meses previos a la invasión de Irak las salas y pasillos cercanos al Consejo de Seguridad estaban especialmente bulliciosos con una combinación impredecible de reuniones regulares y excepcionales. Yo asistía a ellas y a “las previas europeas”, donde los quince miembros de la UE se reunían en una especie de sede temporal del Consejo de la UE; en un edificio cercano a la sede de la ONU, en Nueva York. De todos los que participaban en aquellas reuniones el que más me llamaba la atención no era ninguno de los embajadores, sino un diplomático británico llamado Carne Ross. No tanto por su defensa de la intervención en Irak, sino por la forma de hacerlo; por la inflexibilidad de su enfoque.

Hace ahora tres años recibí un paquete de la que fue mi novia en aquellos tiempos. Era un libro que se acababa de publicar y se titulaba Independent Diplomat. Lo había escrito Carne Ross. Me hizo gracia cuando lo ví y bastante más cuando lo leí. Tenía una estructura sencilla: el primer tercio entonaba un mea culpa por su enérgico desatino respecto a las armas de destrucción masiva en Irak (¿en qué estaría pensando?); el segundo tercio confeccionaba una crítica general sobre los tejemanejes de la diplomacia global y, el tercero – ante mi asombro – era un ejercicio de marketing y publicidad de su nuevo negocio, que me confirmaba que hay gente que es capaz de ponerse a vender hasta con muertos en la maleta.

Aquella experiencia en Nueva York asentó el antídoto contra esa especie de seducción tan extendida que ejercen los juegos de guerra sobre mucha gente. Como un anzuelo envenenado, que transforma a los que pican y les pone de un lado u otro, siguiendo simpatías o desinformaciones, hasta que defienden causas injustificables. Estas semanas los principales medios de comunicación y otros enredadores nos invitan a acercarnos a esos anzuelos y practicar la guerra fría con argumentos anti-imperialistas o anti-rusos, removiendo la historia según convenga, incitando a tomar parte, aunque sea a distancia y online, de la salvación del pueblo de Ucrania.

En los últimos días me han preguntado con frecuencia mi opinión sobre Ucrania y suelo poner (sin necesidad de fingir) cara de sueño. Hay una serie de razones de base por las que prefiero no frecuentar dichos anzuelos y mucho menos dar de comer a sus dueños. A continuación algunas de mis razones, en su versión más esquematizada:

  • La primera y más básica en el caso de Ucrania es que la legitimidad de un golpe de estado a un gobierno democráticamente elegido es una cuestión fascinante para los que no lo sufren (los de fuera). Para los de dentro es la herida abierta que, muy posiblemente, no se curará en décadas. Aunque no nos guste, como en la familia o en las parejas, la curación de esa herida depende de las partes. El daño está hecho y la intromisión para influir o manipular intereses, con fuego cruzado si es necesario, como tantas otras veces, confundirá medios y fines y, antes de que nos demos cuenta, mucha gente que todavía vive en paz se convertirá en los nadies de Galeano: “los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos”.
  • El apoyo exterior es útil (y solo útil) cuando es capaz de restaurar cierta normalidad. Los males necesarios en forma de personas o sectores aupados a tomar ciertas responsabilidades se consienten por las circunstancias o como única alternativa que tiene la paz. Pero independientemente de quién haya apoyado o promovido a esas personas o sectores, no pueden faltar ciertos escrúpulos,  “objeciones de conciencia”. En este caso, la plantilla del actual gobierno de Ucrania es un escándalo de una magnitud absolutamente intolerable, así como una concesión a Rusia difícilmente cuestionable.
  • Los titulares que bombardean con lo menos relevante. Yo, como todo el mundo, también tengo los míos: “la reacción de Rusia es tan ilegal como comprensible”, “al gobierno de EEUU le faltan las opciones y los incentivos, a los americanos las ganas de lío”. “Los europeos exigen principios y valores pero sus gobernantes compraron un calentador barato y al menos este invierno lo mejor es pagar y tener agua caliente”. “A China le interesan los negocios, no las guerras”. “Crimea es el capítulo más mediático, pero también el menos importante” y, por último, “el resto del mundo lamenta la situación de Ucrania pero no va a hacer ni el huevo”..  Todos esos titulares expresan mi opinión, pero no tienen nada de relevante. En otras palabras, sobra geo-estrategia y falta saber, como siempre, si nos importará algo lo que traiga el hambre y las ganas de revancha.
  • La inclinación hacia el castigo y el efecto placebo que produce el anuncio de sanciones a través de los medios, y que suelen provocar el efecto inverso: Putin se ha coronado como nuevo zar ante su pueblo precisamente por su desafío inmutable a los órdagos intimidatorios de occidente. Indudablemente. Las sanciones, además, tienen un componente aún más trágico: exhiben abiertamente la profunda doble moral que practicamos: congelar aquellas fortunas que nuestros bancos reciben con los brazos abiertos, perseguir dudosos negocios en los que no suele faltar la facilitación de “algún occidental bien conectado”, retirar el visado a ciertos ciudadanos, algo que no es que no sea creíble, es que es patético, etc.
  • Por último, el poder del veto. Mientras impere el veto en el Consejo de Seguridad los grandes debates sobre la justicia o la legalidad son importantes, pero no decisivos ni prioritarios. Es muy posible que el deterioro de la situación en Ucrania se retroalimente, como tantas otras veces, gracias a la fórmula del veto, símbolo del desencuentro y desentendimiento entre las partes. Entonces, llegará una vez más la pregunta más absurda de la historia: cómo es posible que hayamos llegado a este punto, que se llevaba anunciando desde hacía años.

Siendo esas algunas de mis premisas, las preguntas que formulo van por otros cauces. Como ciudadano, ¿qué sentido tiene esta vuelta absurda a la guerra fría?. Como persona, ¿en qué nos convierte morder el anzuelo al que hacía referencia antes y empezar a justificar ciertas actuaciones mientras ignoramos deliberadamente otras?.

Estas preguntas tienen un trasfondo personal. Pocos días antes de que Colin Powell hiciese aquel ridículo espantoso en el Consejo de Seguridad con una presentación que indicaba el lugar en el que se encontraban las armas de destrucción masiva, yo ya estaba de vuelta en Bruselas. La cosa estaba al rojo vivo y, aunque la suerte estaba echada para Irak, la actividad diplomática se multiplicó. Era un momento excelente para recordar el lenguaje, los argumentos y las posiciones que observé durante los meses anteriores, y hacer un balance de los mismos.

Y aquí es donde llegó lo sorprendente para la mayoría de mis amigos, que esperaban a mi vuelta grandes debates sobre geopolítica y algún que otro cotilleo de primera mano.  Lo que se encontraron fueron pláticas sobre el enorme empobrecimiento moral, la falta de humanidad y, especialmente, del sano juicio, que yo había presenciado en Nueva York, y que suelo vincular a los centros de poder y las exigencias de sus egos y dogmas.

Desde entonces sé que los juegos de guerra son para otros, no para mí. Ahora, pensando en Carne Ross y su ingreso en el limbo de los renegados, canturreo sonriente aquello que decía Lennon: “ you may say that I am dreamer, but I am not the only one”.

El año de las verdades inoportunas

Dedicato a tutti quelli che stanno scappando
Mediterraneo (1991)

Este es el año en el que a nuestro querido Cándido, el miembro más optimista de cada familia, se le han complicado las cosas. Su entrañable cometido de levantar la moral del campamento en reuniones festivas es ya, como las uvas, una tradición más. Acompañado de licores cada vez más modestos y sonrisas menos convencidas se lanza presto al dudoso arte de la adivinación en positivo: “esta vez ya SÍ que SÍ, seguro que salimos de la crisis”

Pero como si fuésemos víctimas de una especie de manía persecutoria el 2013 ha descubierto que lo peor estaba por llegar y, como ocurre sólo en los mejores thriller, nos ha servido una bofetada antológica cuando estábamos seguros de saber quién era el malo.

Y de esa forma se va, dejándonos una herencia envenenada que se lee como una postdata: “teníais una idea de las mentiras, pero no habíais empezado a entender ni un tercio de la verdad”. Como en el memorable desenlace de El Corazón del Ángel sólo nos faltaba descubrir una mañana la macabra figura de Louis Cyphre reflejada en el espejo, riéndose de nosotros al tiempo que nos recordaba aquello de “que terrible es la sabiduría que no aporta beneficios a los sabios”.

Y es que, señor@s, el 2013 es año para tomar nota y no va de broma. Ha sido el año de las verdades inoportunas, las que llegan a destiempo y dejan el ánimo en el chasis. No quiero convertirme en el anti-Cándido ni despreciar los esfuerzos publicitarios de Campofrío. Pero considero que, junto a ellos, se hace imperativo “cotejar el inventario” y compartir algunas reflexiones. Envío las mías con la esperanza de que sean completamente erróneas.

La primera parte de mis pensamientos se queda en casa, en un año que, visto desde el final, parece haber tenido, a su vez, dos partes. Una primera de escándalos mayúsculos, en la que la crisis del bolsillo iba perdiendo importancia a medida que descubríamos, cada vez más desconcertados, el estado real de las cosas; los nombres y los puestos, los sms y sus abrazos, los millones que nos faltan y los chanchullos que nos sobran. En otras palabras, atando los cabos de la desmoralización colectiva. Es la parte en la que Cándido repetía que “esto es bueno porque el sistema se está limpiando”. Yo, por mi parte, me he acordado un millón de veces de la reacción cansada de uno de aquellos terribles alemanes después de un Consejo Europeo: “todos sabemos que los españoles mienten”.

Pero, contra toda lógica o pronóstico, la segunda parte del año ha sido incluso peor y requiere un ejercicio de síntesis que solo se me ocurre hacer de la siguiente forma: “yo no sé lo que tu sabes, pero si sabes lo que yo sé, entonces los dos sabemos que lo más sensato es ocuparnos de nuestros asuntos porque los asuntos de todos no tienen solución, al menos en una década más. Escapemos. Escapemos de los de siempre, que vendrán a vendernos más mercancía sin valor, más verborrea gratuita, a derechas y a izquierdas, y al final nos quedaremos en esta jaula de grillos en la que, lo único que es verdad, es que hemos pasado de no creer en casi nada a desconfiar de casi todo”.

Pero si las cosas en casa no iban bien, las de fuera no han sido mucho mejores. Mi trabajo me ha llevado a confirmar que esos temas que nos afectan a todos, riesgos globales como lo llaman los ilustrados, sigue cotizando a la baja en el interés de los estados y las posibilidades de ir progresando parece depender más que nunca del compromiso de una minoría de excéntricos. Y, sin embargo, esa no es la peor parte. Ni mucho menos. Mi mayor frustración ha llegado por otra vía, la de la confirmación de las sospechas acumuladas sobre los equipos anglosajones de la liga occidental y su imparable pérdida de papeles (en todos los sentidos). Las verdades inoportunas reveladas por un nuevo exiliado de occidente descubrían los ojos que vigilan hasta el móvil de Angela Merkel. Todo apunta a que los grandes defensores del mundo libre y la democracia parecen tener problemas resistiéndose a la tentaciones del control y sus aledaños, donde la arbitrariedad reemplaza a la justicia, y la ley es la del más fuerte. Desde los datos privados de cualquier Smartphone hasta las butacas del avión de Evo Morales, tanto nuestros líderes políticos como sus representantes diplomáticos parecen estar en una posición de fuera de juego ambiguo, al servicio de un entramado público-privado que se decanta hacia los peores augurios de la historia: no hay mayor poder que saber todo de todos.

Al tiempo que esto ocurría se hizo público el trágico caso del uso del gas sarín en Siria. A “los buenos”, sin embargo, les salió el tiro por la culata. Con la responsabilidad de proteger en la boca, los estrategas en el despacho y las supuestas pruebas en el cajón tuvieron que tragarse el anzuelo de su deseo de notoriedad, tan mal calculado como arquetípico de los peores vicios de Hollywood, y un aforo para la moralina tan acomodaticio como, cada vez, menos verosímil. A John Wayne y sus esbirros se les encasquillaron los revólveres a la puerta del “saloon”, después de haber prometido el oro y el moro. Flaco favor a los que merecen ser protegidos y un golpe más, en nombre de todos, a la deteriorada reputación de occidente. ¿Resultado? Siria no llega ni a la mitad de su calvario. Rusia pasa la eliminatoria.

Y, finalmente, cómo no dedicar unas líneas a los “chaps” de la City y sus compinches: los ladrones más sofisticados del mundo. Mientras los medios británicos castigaban la corrupción del sur de Europa se les olvidaba hablar un poco más de lo suyo como, por ejemplo, el escándalo del líbor o, dicho de otra forma, la mayor estafa económica de la historia. A pesar de que por fin Bruselas ha sacado la amarilla, hemos sabido que la manipulación continuada de la tasa de interés por parte de unos cuantos bancos para beneficiarse primero y dar la impresión de ser más solventes de lo que en realidad eran después, ha sido una práctica común desde, al menos, 1991. Lo que no sabremos es la magnitud del daño. Mejor no saberlo. Imposible enfrentarse a una combinación tan sublime y continuada de cálculo y vista gorda. El único consuelo es que nos quedan claras más de un par de cosas como, por ejemplo, por qué es tan difícil sujetar a esa bestia insaciable, que lleva décadas infiltrándose en nuestros bolsillos.

Recordaré el 2013 como el año que me confirmó que, aunque “estamos rodeados”, todavía hay tiempo de escapar, porque ahora sabemos mucho más. Por eso, ¿a quién le compensa quedarse? Escapemos. No para huir de la realidad como muchos podrían pensar, sino para reconciliarnos con ella y, así, vivir en un espacio cada vez más libre de malos humos y verdades inoportunas, donde impere el sentido común y una conversación tranquila.

Desde ese espacio, muy parecido a The Swing, me despido por este año. Aprovecho para agradeceros a todos los que leéis y participáis en este blog, y brindo por vosotros y por el resto de gente valiente; aquellos que, incluso cuando vienen mal dadas, continúan creyendo y trabajando por la vida prometida.

Los feudos de España

Una vez más el representante diplomático español propicia el corrillo. Ha determinado estacionarse lejos del Ministro y de los delegados del Gobierno del país en el que ahora trabaja y, desde esa posición, se afana por divertir a un grupo de asistentes, en su mayoría representantes diplomáticos de otros países europeos. Su vocación de juglar parece no alertarle de que, en realidad, se están riendo de él; de su comportamiento y falta de profesionalidad, no de lo que está contando.

A continuación empiezo a hablar con tres jóvenes empresarios españoles. Cada uno está haciendo la labor de siete. Viajan de un país a otro de la región sin apoyos, ni ventajas ni días libres, en busca de contactos y contratos. Pregunto cómo les han tratado en la Oficina Económica y Comercial. Dos de ellos se ríen. El tercero contesta que lo intentaron pero que el Consejero Comercial nunca se presentó a la cita. “Si no eres de REPSOL no te hacen ni caso”, concluye.

Pasan los minutos y las bandejas, y comienzan las bromas sobre el optimismo propagandístico nacional y su guión obsceno, que anuncia “cuan grande será la recuperación”, advierte que “en ningún sitio se vive como en España” y celebra jovialmente la última: “en España entra dinero para todo”.

Así se me presenta, una vez más, esa malísima trinidad, compuesta por privilegiados, currantes y charlatanes, tan disfuncional como repetitiva, y que confirma los males que no somos capaces de sacudirnos. Dicho de otra forma, una escena bastante cercana a mi visión lastimosa y desengañada del absolutismo, desleal y cobarde, que ejercen los feudos de España.

¿Qué son los feudos de España?

Los feudos de España son entes intocables, que no invisibles, omnipresentes y, desgraciadamente, omnipotentes también. A pesar de que mucha gente los confunde con territorios y banderas, esas son solo dos de las formas que adoptan. En realidad, van mucho más allá y están representados, cómo no, por los señores feudales.

Algunos piensan que los señores feudales han vuelto pero yo tengo la sospecha de que esta no es una cuestión de ir o volver, sino que es preferible entenderlo como un virus autóctono, de difícil tratamiento e imposible curación que, cuando se dan las condiciones necesarias, se extiende con premura por nuestra geografía, por nuestras oficinas y por nuestras vidas hasta imponer su propia ley. Hay teóricos de gran inteligencia que lo asocian a la fascinante mitología del homo hispanicus y su supervivencia a lo largo de los siglos y las crisis.

Pero de lo que sí estamos seguros es de que no discrimina. Los feudos de España se infiltran en lo público y en lo privado. No conocen límites y echan raíces por doquier: hospitales, universidades, aeropuertos. En ciertos ambientes son particularmente resistentes, como en los partidos políticos y el servicio diplomático, pero llegan a contagiar a organizaciones pequeñas como ONGs o fundaciones. Ni siquiera respetan las artes y han sucumbido ante los dudosos encantos del cine español, en el que campa a sus anchas. Monopolizan las reuniones de sindicatos y medios de comunicación y están, asimismo, presentes en la gestión de los trasportes, colegios, bancos y también, cómo no, la justicia.

Los señores feudales se inspiran en una tradición mixta, de corte medieval y estalinista. Esto se demuestra en que, incluso en el sector privado, especialmente en el seno de esas grandes empresas que promueven la economía de mercado, la libertad del trabajador es nula, la transparencia produce urticaria y la rendición de cuentas se asocia al castigo. Ser capaz de competir y cooperar al mismo tiempo es una extravagancia impuesta por los extranjeros y, por si no fuera poco, las críticas externas se trasladan directamente al departamento de marketing, que ellos son los que saben qué hacer con esos cosas.

Los reconocerás porque los feudos de España responden a una estrucura rígida que requiere la presencia de un político y esa forma tan genuina de aferrarse a la silla y al contrato. Se desconfía de la excelencia y se confunden derechos con responsabilidades. El bien común como fin social es un tema seductor, pero de difícil ejecución en esa maraña de intereses personales, donde la prioridad consiste en llevarse bien y proteger la tarta. Para ello es conveniente sopesar opciones y no está de más blindarse, con amistades, prácticas ambiguas o privilegios inexplicables. En los feudos de España sólo a un loco se le ocurriría mezclar trabajo con objetivos y resultados. 

Creéis que estoy de broma, ¿verdad? Bueno, entonces que alguien me explique, entre los diferentes ejemplos que podría dar, uno antológico: la reciente re-politización de la Comisión Nacional de Mercados y Competencia, ni más ni menos, tan bien explicada por Angel Saz Carranza en su excelente artículo: una regresión institucional inexplicable.

Es cierto. Este es un tema que para la mayoría pasa desapercibido. Estamos tan obnubilados con el affair de Artur y Mariano que se nos pasan detalles minúsculos como este, de una relevancia absoluta para la credibilidad del país y el buen funcionamiento de la economía.

Qué os voy a contar. En momentos como este siempre me sale el mismo tic….maletas, dónde estáis, maletas.

Las sonrisas y los juicios

Una de las cosas que más me llama la atención del desfile casi diario de imputados y testigos es el amplio despliegue de sonrisas con el que atienden a la opinión pública. Con la excepción de Bárcenas desde que le dejaron tirado, sonríen al entrar, sonríen al salir y sonríen también dentro de la sala, como si estuviesen en el cine, viendo una comedia.

Yo no he estado nunca en un juicio y, por tanto, no soy quién para dar una interpretación convincente acerca del origen de tanta sonrisa. Simplemente, teniendo en cuenta la gravedad de los asuntos que están saliendo a la luz, no me imagino sonriendo al entrar o al salir y, mucho menos, dentro.

Siempre he pensado que la sonrisa es la expresión más transparente que tiene una persona. Más incluso que la mirada. Desde las sonrisas que transmiten alegría o felicidad, hasta las tristes, las que de una forma indirecta nos muestran desánimo o decepción. Las hay también de burla, de asco, de miedo y de resignación. Hay unas que relajan y otras que estresan. Las hay orgullosas y despectivas, melancólicas y molestas, limpias y crueles. Pero sobre todo las hay de verdad y las hay de mentira. Las primeras manifiestan una emoción o un sentimiento sincero. Las segundas, sin embargo, son postizas, forzadas, exigidas por el guión y difícilmente creíbles. Muchas veces ni los mejores actores son suficientemente capaces de interpretarlas.

Y, o me estoy volviendo un paranoico, o empiezo a distinguir un patrón cada vez más nítido y más preocupante entre figuras públicas, juicios, sonrisas, cámaras y, especialmente, mentiras.

No se si es el genio que asesoró a Ana Botella en su discurso olímpico el que aconseja que la mejor defensa es una sonrisa. Si es así yo le recomendaría que fuese más realista con el casting. En cualquier caso, parece que la falta de preparación de los intérpretes nos obliga a ver cada día más sonrisas que delatan.

Delatan que aquí se miente más que se habla, que no hay nadie que esté completamente libre de sospecha y que el entramado de negocios dudosos que vinculan a unos y otros no hace sonreír más que a aquellos que todavía se creen por encima de las cosas.

Sonríen con petulancia y suficiencia. Con una inmodestia tan forzada que genera aún más dudas y más antipatía. ¿Es posible que no se den cuenta?

Claramente esto está por encima de lo que mi muy limitada inteligencia es capaz de entender. Lo que yo veo es que en estos tiempos que corren los únicos que sonríen son los que saben bien que nada de esto tiene ninguna gracia y, por eso, yo me pregunto a qué viene tanta sonrisa. Espero que alguien sea capaz de explicármelo.

A relaxing cup of café con leche

No es un secreto que cuando Mrs Bottle abre la boca nos perdemos en la noche de los tiempos. Ayer, aunque Madrid se despidió pronto, Ana Botella logró un récord casi olímpico: tratar a una sala de representantes de todo el mundo como si fuesen auténticos asnos.

Lo hizo con la denominación de origen marcada en la piel, de una España que no lo entiende, que no lo ve y, lo peor, que no se va.

¿Cómo me sentiría yo hoy si fuese uno de esos que ha invertido trabajo, esfuerzo y dinero durante años en la candidatura de Madrid? Tan solo le faltó condimentar con el famoso “¿cómo están ustedeeeeeees?” su dantesca actuación. Verlo para creerlo. Lo cojas como lo cojas, tanto en contenido como en forma, lo de ayer fue un auténtico espanto. Solo cabe preguntarse porqué habían invitado a deportistas en vez de a una folclórica, la Guardia Civil y el clero.

“Porque nadie celebra mejor la vida que los españoles”, pregonaba jubilosa Botella. Como si eso fuese verdad, le interesase a alguien o viniese a cuento. El aire altivo y casposo, tan profundamente cazurro como diametralmente opuesto a la cultura del esfuerzo y el mérito de los deportistas. Así de enferma está España.

Mientras, nuestro presidente del gobierno, hombre de discurso único y obsesivo, no se corta un pelo y, rozando lo impúdico, presenta unas cifras que confirman la calaña de nuestros representantes políticos: vendedores de humo, comediantes del desconsuelo, especuladores de la trampa. Tan desmoralizador. Tan frustrante.

Lo de las Olimpiadas es lo de menos. Lo peor es que esta gente vuelve.

PD – Señor Felipe, no soy monárquico, pero en este país le necesitamos cuanto antes.

Goodfellas

El de hoy es un post un tanto estrambótico, pero es que confieso que tengo debilidad por este momento de la historia.

Cuando el baile de máscaras va tocando a su fin. Qué buenos tiempos aquellos en los que los secretos eran la mejor inversión. Y qué lejos quedan los consejos de iniciación: “nunca traiciones a un amigo y mantén siempre la boca cerrada”. Las dos reglas de oro que siempre se dicen y nunca funcionan. Mala combinación hacen lealtad, gratitud y favor.

Solo quedaba una cosa por saber. “¿Hasta cuándo estuvisteis en contacto? El medio es lo de menos. Lo que importa es la confirmación de lo que todos pensábamos. Lo que importa es que fue así”.

Ahora estamos en la siguiente fase. Cuando las pruebas son para los jueces porque a los demás nos sobran. Cualquier referencia a pagos, impúdicos y clandestinos, tratos de favor con despachos o chóferes, o seguir negando lo evidente, de una forma tan pueril y descarada, incomodan más que enfadan. Llueve sobre mojado.

Los propagandistas se esmeran para no llamar a las cosas por su nombre, en un ejercicio de mediocridad tan habitual como deplorable.

Parecen ser los últimos en enterarse de que hace meses que los secretos ya no proporcionan ningún rédito a ninguna de las partes. El destino del inculpado ya no depende de un gesto de gratitud de último minuto. “Ánimo, amigo”, “se fuerte que esto pasará”. Son las palabras del que ya se ha desentendido y tiene prisa por pasar página, por deshacerse de un compadre que ahora es cadáver, y pesa demasiado.

Después de esto los cálculos son otros. Uno se “libera de sus responsabilidades” con los que consideró aliados. Ya no es “uno de los nuestros” y se abre la veda a un juego diferente. Un juego de supervivencia.

Lo reconozco. Ayer después de la historia de los sms no pude aguantarme y tuve que ver Goodfellas otra vez. Os dejo con una escena única. El de este momento de la historia, cuando hay que transformar traición en supervivencia…